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Algunos cristianos están convencidos de que “su reino no es de este mundo” y tienen razón. Pero eso no significa hacer abstracción del mundo como si hubiera dejado de existir o no formara ya más parte fundamental de nuestra contingencia cotidiana.

El Señor Jesús dijo: “mi reino no es de este mundo” y lo creemos firmemente. Afortunadamente es así gracias a su sacrificio, a su resurrección y a su promesa de regresar para restablecer en nuestro mundo y en el universo, definitivamente, el reino de Dios. Añadió, orando por sus discípulos, “no te pido que los quites del mundo sino que los guarde del mal” o, desde otra perspectiva, que sus seguidores debían ser la “sal de la tierra”, “levadura de la masa” y “luz del mundo”.

Este equilibrio difícil se ha movido en un sentido pendular, de creyentes e iglesias, entre el extremismo de los anacoretas, ermitaños y otras posiciones  radicales, para alejarse del mundo y sus tentaciones, y el punto opuesto de intentar cambiar el mundo según los criterios impuestos  por la iglesia o la religión, utilizando incluso, métodos totalitarios, déspotas o simplemente inquisitoriales.

Por otra parte este ser social por naturaleza que es el ser humano, necesita vivir y convivir con sus semejantes, iguales o diferentes, en paz y tolerancia, no solo soportando con paciencia las diferencias, sino considerando a los otros como a nosotros mismos, entendiendo que Dios lo es de todos sin excepción, porque cada individuo ha sido creado “a imagen y semejanza de Dios”.

En consecuencia, como no puede ser de otra manera, la iglesia adventista y sus fieles, deben sentirse permanentemente motivados a compartir su fe entre sus conciudadanos, porque es su deber como hijos de Dios, mientras se esfuerzan por ser los mejores ciudadanos, obedientes a las leyes, con el único límite de una conciencia dirigida por el Espíritu de Dios.

Esto implica relacionarse, participar, defender los derechos humanos y exigir, pacíficamente siempre, su aplicación a cualquier grupo o persona, y muy especialmente en todo lo que tenga que ver con el respeto al derecho a la libertad religiosa, fundamento moral y espiritual de cualquier otro derecho o libertad.

Desde esta perspectiva, nuestra acción social y cualquier actividad o programa, llevarán el sello del respeto y la igualdad en la fraternidad, mucho más amplia que los límites de una iglesia determinada, en un espíritu de comprensión y solidaridad que debe ser propio a cada ser humano, en toda su dignidad, sin ningún tipo de discriminación, menosprecio u olvido.

JESÚS CALVO